“Vidas cortadas” por José Rodríguez González

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(ESPIGANDO)

José Rodríguez González, periodista

Vidas cortadas

Exactamente igual que si fuera una flor crecida en el particular jardín de nuestras vidas y cortada por un indeseable jardinero al que igual le da savia que sangre, pues ignora que su oficio es cuidar y no recortar las flores. ¿Qué clase de psique endiablada rige los actos de ese desquiciado asesino de mujeres lamentablemente protagonista de semejante clase de muerte, hoy día? Psiques malignas de hombres, poco hombres, que profanan brutalmente el templo del amor con la aversión, con los celos, con el odio cegador. Recordé aquel libro de José Osés titulado “La vida, el planeta y sus cosas “que teníamos, como práctica de lectura en la lejana escuela rural de mis tiempos de pequeño. Precioso contenido el de aquel libro. La vida va primero, en todo tipo de valores que supone la existencia. Se comienza en el planeta de la familia, entra, poquito a poco, en sociedad y se riega con la savia de la sangre que es amor. La vida, como las cosas sagradas no se puede maltratar, ni tan siquiera la propia, que tampoco es nuestra En ocasiones, estamos en el planeta con la mentalidad de dueños absolutos, disfrutando en nuestro jardín de las exquisiteces, prestos a comer la fruta prohibida, con soberbia. Nos portamos como malos jardineros, pretendiendo que el rosal nos ofrezca únicamente flores y no espinas. Admitimos la oferta de la fruta prohibida que hace Eva y deseamos que la culpa del pecado sea suya, únicamente. No nos vale decir que de esta manera son las cosas de este planeta mal formado y ponerse a aguardar, de soslayo, que una nueva data mortuorio traiga el luto, de nuevo, al calendario. No es cuestión de estadísticas y de furiosas salidas a la calle, agitando jeremíacas pancartas. La muerte es un hecho irresoluble, claramente, carece de género y es inútil pretender llevarla, de la mano, a la política, pues el mal está escondo en esta sociedad que somos todos. Confundimos el amor, que se crea y no se hace, ignoramos, con menosprecio, los valores del respeto y la humildad y exaltamos el orgullo y la soberbia que enmohecen la razón y envilecen la normal condición de la persona. Y de esta manera salen a la escena ejemplares de ciudadanos malnacidos, sobrepasados en la emergencia de derechos, ignorantes de deberes, acrecidos en caprichos y egoísmos, inficionados de celos y de odio, miserables asesinos de mujeres.